Volver a ser niño/a, ¿está mal?
Re-conectar con quién eres.
Últimamente me he estado preguntando: ¿cómo vuelvo a ser yo? ¿Cómo reconecto conmigo misma?
No siempre somos conscientes de las heridas internas, de los cambios o de las experiencias que nos van moldeando mientras crecemos. A veces simplemente vivimos en automático. Otras veces no estamos listos para mirar hacia dentro.
Pero si nos detenemos un momento a pensarlo, muchas de nuestras decisiones, nuestros miedos e incluso nuestras formas de relacionarnos con los demás han sido influenciadas por lo que hemos vivido. Por nuestra familia, nuestro entorno, la sociedad y, por supuesto, por nuestras propias experiencias.
Muchos crecimos escuchando, de una u otra manera, el famoso “¿qué dirán?”.
“Que no piensen mal de mí.” “No puedo decepcionar.” “Espero que mis papás se sientan orgullosos.” “Tengo que demostrar que puedo.”
Y quizá, sin darnos cuenta, empezamos a construir una versión de nosotros mismos que pudiera encajar, agradar o cumplir con las expectativas de los demás.
A esto se suman nuestras experiencias de infancia y adolescencia: momentos de abandono, rechazo, sobreexigencia, comparación, inseguridad, pérdidas, cambios, dificultades familiares… experiencias que pueden dejar huellas y enseñarnos determinadas formas de protegernos.
Y después llega la adultez, con sus propias crisis, pérdidas, decepciones, cambios y aprendizajes. Aparecen personas que nos suman, otras que nos desgastan, situaciones que nos hacen crecer y otras que nos hacen cuestionarnos todo.
Y entonces, en algún momento, puede aparecer una pregunta:
“¿Y ahora quién soy yo?”, “¿Qué quiero hacer con mi vida?”, “¿Estoy viviendo la vida que quiero o la que se supone que debería vivir?”, “¿En qué momento dejé de hacer las cosas que me hacían feliz?”
Quizá no podamos separar quiénes somos de todo lo que hemos vivido. Somos también nuestra historia, nuestros aprendizajes y nuestras experiencias.
Pero eso no significa que tengamos que quedarnos atrapados en ellos.
Entonces, ¿cómo reconecto conmigo?
Hace poco me hice una invitación y hoy quiero hacértela a ti también:
Vuelve a mirar a ese niño o niña que fuiste.
No para quedarte viviendo en el pasado.
No para negar lo que has vivido.
Sino para buscar pistas.
Pregúntate:
¿Qué me gustaba hacer cuando era pequeño/a?, ¿Qué me hacía perder la noción del tiempo?, ¿Qué hacía sin preocuparme por si alguien me juzgaba?, ¿Qué cosas me daban curiosidad?, ¿Qué disfrutaba crear, explorar o aprender?
No tienes que recordar grandes acontecimientos. A veces una pequeña escena dice muchísimo de nosotros.
Cuando yo era niña recuerdo que era muy alegre, sensible y extrovertida. Me gustaba bailar sin ninguna vergüenza y enseñarles las coreografías que me aprendía a mi familia. Me encantaban el arte, los colores y las manualidades. Escribía poemas. Recuerdo haber creado mi propio museo de plastilina en mi cuarto, y los invitados a la inauguración, por supuesto, eran mi familia.

También tenía un modo muy particular de vestir, con mis gorros de croché de varios colores que aún los extraño. Era una chiva, o sea, súper activa. Me gustaba ayudar a los demás, hacerlos felices y recibir cariño y demostraciones de afecto.
Y cuando pienso en esa niña me pregunto:
¿Por qué tendría que cambiar todo eso solo porque crecí?
Quizá no se trata de volver a ser aquella niña.
Quizá se trata de permitirle volver a tener un espacio en mi vida adulta.
Si no tienes muchos recuerdos, puedes preguntarle a tu familia qué recuerdan de ti. Puedes mirar fotografías o videos antiguos. Pero más que buscar una versión “perfecta” de ti, observa:
¿Qué había en mí que todavía quiero recuperar?
Tal vez era tu creatividad. Tu curiosidad. Tu espontaneidad. Tu capacidad de jugar. Tu sensibilidad. Tus ganas de aprender. Tu forma de bailar sin pensar en cómo te veías. Tu facilidad para sorprenderte. Tu deseo de explorar.
Y ahora, ¿qué haces con eso?
No tienes que cambiar de profesión, mudarte de ciudad ni darle un giro radical a tu vida.
Puedes empezar ahí donde estás y con lo que tienes.
Si te gustaba bailar, baila. Si te gustaba pintar, pinta. Si disfrutabas construir cosas, arma ese Lego. Si siempre quisiste aprender algo, entra a ese curso. Si te encantaba hacer manualidades, vuelve a crear. Si eras una persona muy activa, busca espacios para moverte. Y si te gustaba demostrar cariño, quizá también puedas permitirte volver a hacerlo.
No porque necesites regresar al pasado, sino porque hay partes de ti que quizá todavía necesitan espacio en tu presente.
No tengas vergüenza si después del trabajo, o después de pasar el día con tus hijos, te dan ganas de hacer algo solo para ti, si un día decides entrar a clases de baile, arte o música.
No tienes que justificar todo aquello que te hace bien.
Ser adulto no significa dejar de jugar, crear, explorar o emocionarte.
¿Y si me equivoco? ¿Y si siento que he fallado?
Quizá aquí también necesitamos cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos constantemente:
“¿Qué van a pensar de mí?”
podríamos empezar a preguntarnos:
“¿Esto es coherente con la vida que quiero vivir?”
Porque al final, hay una persona con la que vas a compartir toda tu vida: Tú.
Y aprender a vivir para ti no significa volverte egoísta ni dejar de considerar a los demás. Significa dejar de construir tu vida únicamente desde la necesidad de agradar, demostrar o cumplir expectativas ajenas.
Pero reconectar tampoco siempre es fácil. Y quiero ser honesta con esto.
A veces aquello que queremos recuperar también nos confronta.
En mi caso, siento que mi creatividad todavía está un poco dormida. Y quizá una parte de mí tiene miedo de volver a encontrarla, porque hacerlo también implica mirarme. Todavía me da miedo ser juzgada. Y está bien.
Reconectar no es un botón que presionamos y listo. Es un proceso.
Un proceso de conocernos, cuestionarnos, permitirnos experimentar y volver a escucharnos.
Por eso hoy te invito a que hagamos este ejercicio juntos:
Busca una fotografía tuya de cuando tenías entre 1 y 5 años. Mírala unos minutos.

Y pregúntate:
¿Qué veo en ese niño/a?, ¿Qué disfrutaba?, ¿Qué cualidades tenía?, ¿Qué parte de eso sigue viviendo en mí?
Y finalmente:
¿Qué puedo hacer esta semana para darle un poquito más de espacio?
Puede ser algo tan sencillo como bailar una canción, dibujar, jugar, salir a caminar, aprender algo nuevo o simplemente permitirte hacer algo por el placer de hacerlo.
Y hay algo más que quiero proponerte:
Mira tu vida cotidiana con un poco más de curiosidad.
Cuando somos niños, muchas cosas nos sorprenden porque las vemos por primera vez.
Tal vez como adultos no podamos volver a descubrir el mundo literalmente por primera vez, pero sí podemos recuperar esa capacidad de observar, agradecer, preguntar, disfrutar, dejarnos sorprender y sobretodo sentir cada emoción.
Quizá ese camino de reconexión no consiste en convertirnos nuevamente en quienes éramos. Quizá consiste en integrar a quienes fuimos con quienes somos hoy.
Porque crecer no debería significar apagar todas las partes de nosotros que alguna vez fueron espontáneas, creativas, curiosas o felices.
A veces crecer también es aprender a darles nuevamente un lugar a esas partes que dejamos atrás y también mirar con compasión las heridas que nos acompañaron.
Así que, si hoy sientes que has vivido demasiado tiempo en automático, empieza pequeño.
Pregúntate: ¿Qué parte de mí lleva tiempo pidiendo volver a salir?
Y dale permiso.
Ya no hay que agradar ni demostrar nada a nadie ni llamar la atención de nadie. Puedo ser vulnerable, puedo pedir ayuda, puedo fallar, puedo aprender a estar solo o sola y también en compañía.
Con cariño,
María Paula




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