La Idealización de una Madre y Gilmore Girls
- Psicóloga María Paula Palacios

- 7 may
- 3 min de lectura
Gran parte de mi historia de vida está atravesada por la relación con mi mamá. He visto la serie de Gilmore Girls cinco veces… o más. Y durante mucho tiempo me pregunté por qué me gustaba tanto.

No era solo la historia de una adolescente brillante que crece, se equivoca y descubre el amor. Había algo más profundo que me atrapaba: la relación entre Lorelai Gilmore y Rory Gilmore. Eran madre e hija, sí… pero también eran amigas.
Y eso, para mi yo adolescente, era casi incomprensible.
¿Cómo era posible ser tan amiga de tu mamá?
Yo, que me peleaba por todo y por nada en casa. Una versión más ligera, más cómplice, más fácil. Sin darme cuenta, empecé a desear una madre así. Una madre que entendiera todo, que no juzgara, que siempre supiera qué decir. Una madre ideal…. ¡y que gran error!
Y ahí, sin saberlo, empecé a alejarme de la mía.
Porque la idealización tiene un precio silencioso: deja de permitirte ver lo que sí está, por quedarte atrapada en lo que te gustaría que fuera. Me instalé en ese “ojalá mi mamá fuera así”, sin darme cuenta de que, en ese deseo, también estaba negando su forma real de amar.
Y claro, vinieron los conflictos. Más expectativas, más frustración, más distancia.
Con el tiempo entendí algo que nadie te explica cuando eres adolescente: no solo estamos creciendo nosotros, también lo están haciendo nuestros padres… como pueden, con lo que tienen, con lo que aprendieron.
Es fácil exigir cuando una no sabe todavía nombrar lo que necesita. Es fácil reclamar presencia, paciencia o comprensión… sin entender que del otro lado también hay una historia, heridas, cansancio y límites.
Durante mucho tiempo pensé que tenía una herida por lo que no recibí.
Pero después entendí que también me la había abierto yo, al comparar constantemente mi realidad con una versión idealizada.
Sanar, para mí, empezó por mirar hacia atrás con más honestidad y menos juicio.
Reconocer lo que mi yo adolescente necesitaba —ser escuchada, comprendida, acompañada— y empezar a dármelo desde mi adultez. Y entonces algo cambió.
Pude volver a mirar a mi mamá, pero esta vez sin filtros. Sin comparaciones. Sin exigirle que fuera alguien que no es. Empecé a verla en su propia historia. En su forma única de ser madre. En sus aciertos, sí, pero también en sus límites. Y así, pude valorarla de verdad.
Hoy elijo honrar a mi mamá desde lo real.
Desde lo que sí fue, lo que sí es y lo que sí me dio.
Entiendo que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía. Que ninguna de las dos nació sabiendo cómo ser madre o hija. Que, al final, estamos aquí aprendiendo juntas. Y que madre hay una sola.
Ahora puedo decirte que, SI TENGO UNA MADRE IDEAL Y ÚNICA, y no la cambiaría por nada en el mundo. Es la madre que me toco porque es la que yo necesitaba, es la madre que me dio todo lo que tengo y lo que soy. A la que le agradezco todas las virtudes y de quien me enorgullece ser tan parecida en todos los sentidos.
Desde la psicología, este proceso tiene sentido. En la adolescencia es natural idealizar y comparar. Preguntarse: “¿por qué mi mamá no es así?” o “me gustaría tener esa relación”. Es parte de construir identidad, de descubrir qué tipo de vínculos deseamos. Pero crecer también implica soltar esa fantasía y reconciliarnos con la realidad.
Porque solo desde ahí es posible amar sin condiciones.
Si estás leyendo esto, quizás no se trata de dejar de soñar… sino de dejar de comparar. De mirar a tu madre —o a tu padre— como personas completas, no como versiones que deberían encajar en una idea. ACEPTALOS como son, y honra su vida.
Pdt: Gilmore Girls sigue siendo de mis series favoritas (puedes verla en netflix).
Atentamente,
Maria Paula Palacios, hija.



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